sábado, 25 de abril de 2015

Catalina

Siempre me llamó la atención esta mujer

La comitiva real avanzaba penosamente a través de las entrañas de la noche custodiando el cadáver insepulto de Felipe, batiéndose contra la espesa capa de hielo que cubría los campos de la Corona de Castilla. Complacería a su marido, le llevaría hasta Granada, donde  recibiría cristiana sepultura. Nadie, ni siquiera su amado padre, la haría desistir de su propósito.
No tuvo en cuenta al destino, ese que interrumpió sus planes y la forzó a detenerse. Un destino que llegó al mundo un  gélido día de enero; la pequeña y adorada Catalina nacía entre el llanto desesperado de Juana, la reina viuda, y la angustia de la comitiva que aguardaba impaciente la intervención del Rey Católico. No podían seguir vagando noche tras noche cual espectros.
Ahora, se esbozaba en el rostro de nuestra Reina  un gesto semejante a la sonrisa. Tanto tiempo sin mostrarla, tanto tiempo escondida..., una sonrisa congelada muchos años atrás, oculta en la penumbra de un amor no correspondido, atrapada entre las telarañas de la traición.

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La pequeña Catalina fue consciente de lo acaecido al cabo del tiempo, ya reina de Portugal, cuando comprobó que el mundo no se acababa entre los sólidos pero solitarios muros del convento de Santa Clara, cuando supo que si a su madre le robaron la vida, a ella le habían mancillado la niñez. Sus recuerdos de infancia se limitaban a esa madre cariñosa, aunque siempre con la tristeza adherida a su cuerpo, como  si fuera una segunda piel. La añoraba. Mucho. Ni un solo día había dejado de permanecer en su recuerdo, ni un solo día dejó de maldecirse por abandonarla en su cautiverio.
Aun recordaba Catalina el frío hiriente que la acompañaba día y noche durante los inviernos de la meseta castellana.  Y  su madre..., su madre empeñada en frotarle manos y pies, quitarse su propia ropa para envolverla a ella, o acurrucarla en su regazo peleando contra cualquier brizna de viento. Su madre, cuyo rostro ajado prematuramente, poseía toda la ternura del mundo. Su madre, esa a la que algunos llamaban loca, a la que su padre vendió y su marido engañó, moría en vida ahogada entre las aguas de la incomprensión y la ambición.
Quizás si la Reina Isabel no se hubiera marchado tan pronto...

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Ya en el invierno de su vida, Catalina rebobinó hasta la cárcel de su infancia, siempre pegada a las faldas de su madre. Siempre su madre, a la que despedazaron como buitres ansiosos de carne.

-       ¿Por qué lloras, madre? ¿Qué sucede? ¿He hecho algo mal? - era la pregunta que siempre afloraba a sus labios.
-       No, vida mía. Tú eres lo más precioso que tengo. Ven aquí. 

Y secándose las lágrimas, inagotables, que caían cadenciosas por su rostro, Juana abrazaba fuertemente a su pequeña, observando vigilante la austera estancia en la que se hallaban confinadas, su hogar. Unos pasos lejanos, cada vez más audibles, se interrumpieron cerca, demasiado cerca.

-       No me aprietes tanto, que me haces daño – protestó la pequeña intentando zafarse del abrazo de hierro de su madre.
-       Lo siento, hijita. Lo siento.

Con el corazón martilleándole las sienes, los músculos tensos, el ceño fruncido,  Juana, con voz firme, preguntó qué se le antojaba a quien estuviera detrás de la puerta.

-       Soy Hernán, majestad. Hernán Duque de Estrada.

El semblante de la reina se relajó, Hernán no era  como aquel marqués de Denia que hacía de su cautiverio un verdadero infierno. Abrió la puerta e inmediatamente se arrepintió al ver como dos hombres provistos con pesados mazos irrumpieron con brusquedad. Ante el temor al rapto de su hija Juana la apartó de un empujón  a la vez que lanzó un aullido que heló la sangre de los vecinos de la villa. Con gesto tranquilizador, Hernán le pidió permiso para abrir un pequeño hueco en el muro de la habitación de Catalina; así podrá ver el campo, el Duero, que baja ahora bien crecido, y, en los días claros, hasta se divisa Medina del Campo.

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Catalina, presa de una obsesión, entraba y salía de su pasado, vagaba por su infancia, dibujaba cada arruga del rostro de su madre, como si así pudiera volver a tenerla cerca.

-       Madre, madre, ¿qué es una amiga?
-       ¿Por qué me preguntas eso, Catalina?
-       Porque los niños que veo desde mi ventana me dicen que sea su amiga,
que vaya a jugar con ellos, ¿puedo?, ¿puedo?

En aquellos momentos,  Juana, con la mirada extraviada, se encerraba durante días en sí misma, abandonada en la desesperación vivía como una autómata. Sin casi alimentarse, el mutismo se enroscaba en ella, e incluso se olvidaba de cambiarse de ropa. Siempre de negro desde que su único y gran amor se fue, desgreñada, desaliñada y con un vacío que le corroía las entrañas, imploraba la muerte.
-        
-       Madre, ¿por qué no hablas?

Y era ahora la pequeña Catalina la que frotaba pies y manos, acariciaba el pelo de su querida madre y la forzaba a comer. Cuando Juana salía de ese estado casi comatoso, como recién despertada de una pesadilla,  se afanaba en devolverle a Catalina los días perdidos. Y le repetía siempre la misma cantinela, que no se fiase de nadie, y menos de las mujeres, sólo le traerían desgracias. Pero Catalina adoraba ver jugar a los niños del pueblo, a los que lanzaba monedas de plata desde su pequeño ventanuco con la esperanza de verlos de nuevo al día siguiente. Soñaba con el día en que ella pudiera hacer lo mismo, con el día en que la palabra amiga fuese algo más que simples letras.

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Qué lentos se sucedieron aquellos días, y cómo corrían ahora. Catalina, a la que su hermano Carlos sentó en el trono de Portugal, dio una vuelta más por su habitación. Nerviosa, miró detenidamente la carta, la acercó a su corazón, después la dobló cuidadosamente y la enterró en un cajón, a la vez que con el dorso de la mano secaba una lágrima furtiva.
Demasiadas desventuras le habían quitado el sueño en su vida y, ahora, su sobrino y yerno Felipe, siempre amable con ella, seguía con la idea de la unión de ambas Coronas. Su corazón se dividía entre España y Portugal, pero  no iba a dejarse arrebatar el país que le brindó una segunda oportunidad. Si él quería algo, tendría que pelear por ello. A pesar de haber enterrado a sus nueve hijos, una chispa de esperanza brotaba de su nieto Sebastián que, aunque exaltado y demasiado romántico, podría defender la independencia de su país de adopción.

En tierras lusas conoció un mundo que hasta su matrimonio le fue vedado; creyó en la lealtad, aprendió a reír,  disfrutó de la amistad, esa contra la que su madre siempre la alertó. Y, sobre todo, amó.
Se arrodilló sobre el reclinatorio, se persignó, y dirigiendo su mirada hacia el cielo, rezó por sus seres queridos. Después, se levantó con dificultad para tenderse en la cama. Cerró los ojos y murmuró:

-Ya voy, madre.


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